Demasiadas artistas excluidas
Por: Estrella de Diego | 05 de noviembre de 2012
La anarquista (2004), de Cristina Lucas. Colección Musac
Es curioso notar el modo en el cual se han ido desarrollando los estudios de género en el Estado Español desde que se empezaron a organizar de forma más sistemática a principios del los 90. Comenzaba en esos años una nueva etapa que, hasta cierto punto, hacía una especie de tabula rasa sobre la propia historia (no estudiada) del país, para optar por los ejemplos extranjeros como laboratorio de operaciones, sin llegar a hacer nunca entonces una auténtica genealogía de las artistas españolas del XX o de siglos anteriores. De hecho, cuando en 1987 se publicaba mi tesis doctoral sobre mujeres pintoras en Madrid durante el XIX, tesis que había iniciado en 1981, personalmente estaba convencida que muchas investigadores seguirían rescatando nombres olvidados en la historia del arte en este país.
Imagen de la reciente exposición de Elena Asins en Koldo Mitxelena
No fue así. Hubo que esperar más de cinco años para que volvieran a aparecer algunas publicaciones próximas a los estudios de género y ninguna de ellas optaba por reconstruir la historia local, como había ocurrido en otros países europeos, imprescindible para hacer un poco justicia histórica a las mujeres artistas. De modo que, como sucede con frecuencia entre nosotros -sumergidos en nuestro eterno complejo de periferia-, nos servimos de casos extranjeros para hacer teoría de género, dando así a entender, de forma velada, que no hubo mujeres artistas en España. Era la opción más fácil –la otra, investigar, es mucho más ardua, pero pienso que hubiera merecido la pena. Sólo hace escasos meses, en el Musac de León se ha llevado a cabo el esfuerzo por reconstruir dicha genealogía en la muestra Genealogías feministas en el arte español: 1960-2010 y el esfuerzo se agradece, aunque hubiera debido llegar mucho antes, quizás. De las tantas exposiciones colectivas sobre el arte producido por mujeres que se han hecho en el Estado desde la mítica y pionera 100% de 1993, ¿cuántas han sido un trabajo de reconstrucción histórica seria de nuestras mujeres artistas? Menos que pocas.
Autorretrato de Esther Ferrer
Y pese a todo, el interés por el tema llegó al Estado relativamente pronto, lo que hace que el retraso sea todavía más llamativo. A mediados de los años 80 se celebraban, en la Universidad Autónoma de Madrid, las III Jornadas de Investigación Interdisciplinaria sobre la Mujer -organizadas por el Seminario de Estudios de la Mujer de dicha universidad y en esa ocasión dedicadas al arte. “Las mujeres ‘pintoras’ en España”, de Alfonso Pérez Sánchez, una de las contribuciones, era el primer artículo sobre el tema en el país, dejando a un lado dos clásicos como el libro de Parada y Santín de 1903, Las pintoras españolas. Boceto historico-biográfico y artístico , y el libro publicado por la Editora Nacional en 1964 de Carmen Pérez-Neu, Galería universal de pintoras , con la presentación de María Luisa Caturla, historiadora del arte que necesitaría ser investigada y rescatada por ser única en su generación. Es verdad que ninguno de los textos era estrictamente “feminista” y que sólo Manuela Mena hacía mención explícita en su artículo a esa falta de estudios sobre el problema al hablar de “la escasa bibliografía sobre esta materia en nuestros estudios de historia del arte, a los que no parece haber llegado aún la onda expansiva del feminismo histórico-artístico americano”, pero aún así parece importante recordar la iniciativa.
Apenas unos años más tarde, en 1986, se invitaba a Linda Nochlin al I Col´loqui d`Historia de la Dona y la revista Lápiz, entonces dirigida por Rosa Olivares, dedicaba un artículo a Esther Ferrer donde se discutía del papel de las mujeres en el arte. No parece tampoco casual que las exposiciones monográficas de Remedios Varo en el Banco Exterior en 1988 –estando al frente Natacha Seseña- y en el Museo de Teruel en 1991 –muy diferentes en esencia, dado que la primera tenía tal vez una impronta más feminista al estar cercana a las ideas de Janet Kaplan- coincidieran en el tiempo con el creciente interés por el tema de las mujeres artistas.
Naturaleza muerta (1917), de María Blancahrd. Association des Amis du Petit Palais, Ginebra
Muchas olvidadas y excluidas, por tanto, sobre todo entre las históricas, incluso de las vanguardias. De hecho, sólo en los últimos años se ha empezado a hacer un esfuerzo real por rescatar a personajes como Maruja Mallo, Angeles Santos o María Blanchard, quien en este momento se expone en el Reina Sofía después de su paso por la Fundación Botín de Santander. Creo no equivocarme si digo que es una de las escasas ocasiones en las cuales se ha invitado a una historiadora feminista extranjera, experta en estudios de género, Griselda Pollock -que por cierto estuvo en Madrid relativamente pronto, en el año 1991, en el Instituto de Investigaciones Feministas de la Complutense-, a reflexionar sobre una artista vanguardista local en el catálogo, sin duda debido a la seriedad y el rigor con los que la editora, Carmen Bernárdez, ha abordado el trabajo.
En la exposición queda clara la fuerza de la artista, casi la última en ser recuperada quizás por ser “cubista” y no “surrealista”o “realista mágica”. Y es aquí donde va surgiendo la pregunta que, por incómoda, pocas veces se plantea: ¿cuántas mujeres han sido aceptadas por el discurso establecido como “cubistas”, “concretas” o hasta “expresionistas” y cuántas denominadas como “surrealistas” o “realistas mágicas”? O peor aún: ¿cuántas de las que habitualmente aceptamos como próximas a las dos últimas categorías pertenecen en realidad a las primeras? Tal vez las mujeres, en la historia impuesta, no deben ocuparse del espacio, deben ser más ensoñadoras que geómetras. Quizás por eso aquellas escasas mujeres de la vanguardia más decididamente próximas a la abstracción como Sonia Delaunay o Sophie Tauber-Arp, se presentan trabajando al lado de sus maridos, si bien es más que dudosa esa supuesta dependencia. Más aún: ¿podía una mujer no casada, no convencional ser abstraccionista o cubista o practicar al menos una dudosa figuración en lo que al espacio convencional se refiere? El caso luminoso de Blanchard deja clara la respuesta.
(Fuente: blogs.elpais.com)